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¿Resistencia Política?

27 Jul

EL M.15

Sobre la resistencia y sus formas

Es posible que ahora las luchas que se realizan, y además esas teorías locales,
regionales, discontinuas, que están elaborándose en esas luchas y forman un
cuerpo con ellas, sean el principio del descubrimiento del modo en que se
ejerce el poder.

M. Foucualt (1972)

 Soledad Gattoni, en su columna “Shame on You. Ni Grecia, ni Egipto, ni Argentina: Sol”, señaló algo clave especto a la ola ‘revolucionaria’ que tiene lugar hoy en España y se extiende por gran parte del globo: no podemos confundir el fondo con la forma. Estoy de acuerdo, son dimensiones, aunque relacionadas, diferentes y, por lo menos para efectos analíticos, resulta útil establecer líneas divisorias. En su columna nos enseña
cómo, en materia de contenido, lo que ocurre en la Plaza del Sol –y, aunque con diferencias, en otras plazas del país-, es fundamentalmente distinto a lo que ocurre en los países árabes y a los levantamientos que a comienzos del siglo se tomaron las calles argentinas. Lo mismo podríamos decir, yendo aún más atrás en
la historia, de los sucesos de Mayo del 68. Coincido totalmente con mi colega.

Sin embargo, en las líneas que vienen, quiero arrojar al ‘ágora’ unas cuantas ideas sobre la forma de estos sucesos, forma que en muchos sentidos encuentro fascinante. No pretendo hacer una exaltación de lo
cosmético, mucho menos un homenaje a la figura. Sencillamente quiero resaltar lo que realmente considero los cimientos de una revolución, o, si se quiere, de una estrategia de transgresión, de un cambio paradigmático en la militancia de oposición: una re/evolución de las formas de hacer política.

Y por acá quiero empezar. Por la política. En pancartas, hablando con acampados en la Plaza Catalunya de Barcelona, en los medios de comunicación que describen el fenómeno, es común encontrar un rechazo radical y sin retorno a ‘la política’ por parte de ese grupo heterogéneo e indescifrable de indignados; es más, es común encontrar auto-adscripciones a la apoliticidad. Una okupa me repetía con indignación cuando le pregunté sobre
su relación con la política: “La política es una mierda, es una mierda”. Creo que acá estamos obviando una distinción central, distinción tanto de forma como de contenido. Sí, hay un rechazo a la forma que ha tomado la política española y a un bipartidismo anclado que ha estrechado el espacio de lo decible y pensable hasta llegar a límites ante los que la única respuesta es, á la Argentina, BASTA. Pero este basta, en mayúsculas, dista mucho de ser apolítico: es más, me atrevo a decir, es profundamente político. Esto es especialmente claro cuando los indignados empuñan slogans como el siguiente: “No es una concentración contra
el Gobierno de España, no es contra un partido en concreto, sino contra el mal uso que los políticos están haciendo de la democracia”.

Los indignados viven la política visceralmente, su mensaje es genuinamente político y sus demandas, aún algo difusas, son esencialmente políticas. Esto no se puede perder de vista. Catalunya, Sol, Mataró, y las
otras Plazas son hoy escenarios políticos: pero unos que encarnan una concepción de la política diferente, desencantada de los políticos actuales, de los partidos y su forma jerárquica de organización, de los sindicatos e, incluso, de las urnas (lo que no pone en cuestión, en lo absoluto, la calidad y cualidad democrática del espíritu indignado). Estamos ante una forma diferente, difusa, heterogénea y fragmentada de organización, pero sin duda, de organización política.

Al rechazar de manera radical la forma que ha tomado la política española, sin dejar de ser profundamente políticos, los indignados desinvisten estructuras e identidades conocidas y reconocidas para investir
otras líneas, otras formas originales y singulares de ser (políticos) y hacer (política). Aunque hay explícitos llamados por trasformaciones en las leyes electorales, no se trata de la política que se juega en las urnas, tampoco la que se discute en los parlamentos o en los congresos. Más bien es la política del deseo, de la subjetividad, de la relación con nosotros y con los otros. La política que no nos es ajena y no nos puede ser ajena. Es la política que se juega en el día a día y que por lo tanto hace parte de nuestra cotidianidad.
Desde esta perspectiva, micropolítica si se quiere, motivos de sobra justifican esta protesta operada por el deseo y que persigue nuevos modos de existencia.  Las plazas españolas le muestran al mundo que las demandas por un cambio, un cambio verdadero, como algunos teóricos han insinuado, se hacen urgentes e
incontenibles en el momento en que se llega a un umbral después del que la política se identifica con la vida y la dignidad.

La heterogeneidad y fragmentariedad que caracteriza a los acampados da cuenta de la articulación de diferentes subjetividades en torno a contra-discursos. Los discursos dominantes, aquellos que los indignados le
imputan a los partidos tradicionales, a los grandes bancos, a las instituciones financieras internacionales, si bien son claros instrumentos y efectos del poder, han mostrado ser, en las plazas, puntos de resistencia y puntos de arranque para el diseño de estrategias, quizá aún muy difusas, de oposición.

Lo que tiene lugar hoy en España da cuenta de que no existe un locus único, una fuente fundamental y universal, de rebelión y resistencia. Este movimiento, sin forma singular y demarcada, fragmentado, en muchos
sentidos espontáneo y en principio juvenil, es testimonio de la pluralidad de formas de resistencia dentro de la que cada una es un caso especial, una singularidad. Aunque los contra-discursos de los indignados encarnan una lucha contra la explotación de un sistema, encarnan también, quizá de una manera menos consciente pero más importante a mi modo de ver, una lucha contra formas más sutiles de sumisión, sujeción y sometimiento.

En este sentido, esta lucha quizá dé pie a la producción de nuevos modos de existencia sobre bases radicalmente distintas a aquellas de la estandarización y el extrañamiento de sí sobre las que se asienta el
capitalismo internacional integrado. Las plazas de España pueden estar diciéndole al mundo algo que, por lo menos para mí es vital: el cuestionamiento del sistema capitalista actual no es de dominio exclusivo de las luchas políticas y sociales de gran escala, mucho menos de la afirmación de la clase obrera o de los partidos y sindicatos de la izquierda tradicional. Es un proceso que pertenece a todos aquellos que hoy se agrupan de forma distinta, sea en Grecia, Egipto, Argentina, Brasil, Bolivia o España. Y esto es lo que estos movimientos tienen en común.

La represión experimentada el pasado viernes, dramáticamente documentada, habla mal de los mossos d’esquadra en su truncado esfuerzo de desalojo, eufemísticamente denominado, de limpieza. Este lamentable
suceso da cuenta, también, de la calidad de régimen y de sus libertades. Pero, por encima de esto, da cuenta de la particularidad de la lucha de los indignados y del poder que de ellos emana. Más allá de la
admirablemente firme postura de noviolencia, los acampados le mostraron al país que el poder soberano, el que encarna la espada y se ejerce sobre los cuerpos, por brutal y desproporcionado que sea, poco tiene por hacer ante estas indescifrables formas de lucha. La lucha de los indignados, ante nada, refleja cómo las quejas, demandas y procesos multiformes, lejos de singularizarse en las entrañas de la individualización nihilista moderna, se suman unas a otras, intensificándose. El poder de la llamada revolución no parece otro que el de crear mutaciones en el consciente e inconsciente de la gente que los ve, grabando memoria y despertando cuestionamientos. Por lo tanto, la represión violenta, una nueva queja experimentada colectivamente y almacenada en la memoria colectiva tanto de quienes la vivieron como de quienes la presenciaron, no pudo tener sino efectos contraproducentes: los mayores índices de conglomeración en la Plaza.

Todo poder trae consigo su resistencia. España se lo está mostrando al mundo y le está apostando a invertir diagramas y formas. Independientemente de los logros concretos que de aquí salgan, de la permanencia en el tiempo de los acampados, los indignados dejan ya un mensaje claro: la indignación, profundamente política y politizada, puede canalizarse y articularse de diferentes maneras. Los partidos son una, los sindicatos otra. La multitud otra. La multiplicidad de focos que pueden advertirse en esta multitud, lejos de ser signo de debilidad o insuficiencia, representa un rechazo, quizá inconsciente, a toda forma de totalización. Es cierto que entre los miles de indignados no parece haber un programa claro, un norte. No por ello, en medio de ese abanico tan
amplio y difuso de reclamaciones, agravios y propuestas, a veces contradictorias entre sí, los indignados han dejado de experimentar procesos nuevos y propios. A través de estos procesos, a través de lo que han compartido durante estos días en las plazas, han empezado a leer su propia situación colectivamente, entendiendo que aquello que pasa en torno a ellos es compartido por miles.

“Yo os digo la verdad, antes no sabía de qué iba esto, no sabíamos. Sólo sabíamos que debíamos salir a la calle a protestar. Con los días, con el sol, con las Asambleas, he entendido de qué va y le he dado más importancia. Pero no te lo sé explicar. No se me da bien.” dice un indignado en la Plaza Catalunya mientras empuña una Estrella.

A mi modo de ver, más allá de los contenidos precisos de sus luchas, son estos procesos y las capacidades que de estos pueden surgir, los que les darán a los indignados la posibilidad de crear algo nuevo y de preservar esa autonomía. Una autonomía que empieza por la forma y ahí se refugia.

Para cerrar, unas palabras del “Tratado de resistencia e insumisión” de Onfray: la utopía no es tanto lo irrealizable como lo todavía no realizado.

JUAN MASULLO J.

(La primera imagen se tomó de occritosdeunlose.blogspot.com; la segunda de questiondigital.com)

 

 

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One response to “¿Resistencia Política?

  1. Jairo Chaparro Valderrama

    27/07/2011 at 11:10 pm

    Los espacios de representación política tradicionales se agotan y cada vez le dicen menos a amplias franjas de la población o son generadores, con demasiada frecuencia, de malas noticias. Hay una extendida crisis de liderazgo, de dirigentes creibles y queribles. Obama, de verbo grandilocuente y esperanzador, no actuó para corregir factores que desencadenaron la crisis económica de 2008; los dirigentes belgas acumulan más de 12 meses de incapacidad para llegar a un acuerdo que le devuelva gobernabilidad al país; los milagros económicos de hace unos años (Irlanda, Islandia, España), se desmoronan por políticas equivocadas y defensoras de privilegios; lo que ayer era casi una fe religiosa en el futuro en muchos países del llamado primer mundo hoy es la más absoluta incertidumbre sobre el mismo. A lo anterior debe agregarse el desasosiego universal, cada vez mayor, por la destrucción ambiental del planeta y la amenaza inminente que ello implica para la subsistencia de la especie humana. Los Indignados, son un grito que descree de la política convencional y expresa tanto la más honda desesperanza como la tenúe ilusión de que algo pueda cambiar de forma positiva, perdurable, creible. “No puede ser democracia un gobierno de los grupos financieros”, decía un cartel en Puerta del Sol. Si podemos esperar renovaciones políticas, ellas vendrán probablemente más de la sociedad civil que de los partidos. Indignados es una brisa refrescante, en la que habita el bendecido espíritu de la rebelión sin el cual no se avanza en este mundo roto.

     

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