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Barcelona’s Indignats One Year On


BARCELONA´S INDIGNATS ONE YEAR ON – Discussing Olson’s Logic of Collective Action

By Juan Masullo J.

 In 1965 Mancur Olson wrote one of the most influential books on collective action: The Logic of Collective Action. Written in the midst of the decade that saw collective contentious politics buzzing and blooming in many places around the globe his book, paradoxically focused on how unlikely group action is. He argued that rational actors, driven by economic self-interest, might well avoid taking action when they see others willing to take it for them (i.e. rational actors might opt to “free ride”). Both the size and the composition of the group were key variables in Olson’s claim. He suggested that large groups are more prone to free riding and that socially heterogeneous groups hamper agreements and consensus (e.g. over the nature or amount of the collective good) and make selective incentives more limited since they depend on social interaction.[1]

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The indignats[2] in Barcelona were a massive mobilization (at some critical junctures over 10.000 people met at Plaça Catalunya) and a profoundly heterogeneous one. Hence, their experience presents itself as a great opportunity to discuss Olson’s logic and move towards more comprehensive understandings of the why and the how of social mobilization.

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(i)                Dealing with heterogeneity

In the movement [15M/Indignats] I found a space to share my indignation with others who, despite coming from quite different backgrounds and having quite different particular interests, share my indignation.

Protester at Plaça Catalunya (# 14)

May, 2011. Barcelona, Spain

(Images taken from publico.es & sahararesiste.blogspot.com)

Read Complete Article “Indignats one year on”


[1] All references to Olson are based on two of his main books: The Logic of Collective Action: Public Goods and the Theory of Groups (1965) and The Rise and Decline of Nations (1982), and on the presentation of his work by McAdam, Tarrow and Tilly in the book chapter “Towards an Integrated Perspective on Social Movements and Revolutions” (1997).

[2] Indignats is the Catalan word for Spanish indignados. In English it refers to those who are in indignation.

 

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La genética del discurso del Desarrollo – Explorando Alternativas Reales


Juan Masullo expone algunas de sus reflexiones sobre el discurso del Desarrollo en la revista Palobra, No. 11. sep. 2010.

El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo serios cambios en la arena geopolítica que resultaron decisivos a la hora de re-conceptualizar el desarrollo. Este escrito busca presentar un análisis crítico, desde la perspectiva de las formaciones discursivas de Michel Foucault, de la transformación que sufrió la noción de desarrollo durante la segunda postguerra. Así, el trabajo se suma a una serie de estudios que se han venido realizando desde el postestructuralismo en el
campo de estudios del desarrollo y que dan forma a lo que se ha dado en llamar el postdesarrollo.

La intención que subyace a esta reflexión en torno a la manera en que se formó el discurso del desarrollo y se hizo hegemónico, es aportar a su deconstrucción, dirigiendo la crítica a la idea misma de desarrollo, con el cometido de abonar un terreno fértil para el surgimmiento de alternativas reales al desarrollo. Leer el artículo completo

(Imagénes de blognanin.blogspot.com y de antrophistoria.blogspot.com)

 
 

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Acción Colectiva /Collective Action


REPERTORIOS DE ACCIÓN COLECTIVA
Contienda y disrupción en un mundo en movimiento

Por: Juan Masullo J.

“Borders don’t matter at all […] We all are human beings, we are all in this together. This is a global movement”
Lauren Zygmont (Occupy Denver) (1)

Los Londoners buscan inspiración en los Indignados. En Manhattan miran hacia la primavera árabe y a las plazas españolas para ocupar Wall Street. Los países latinos participan de la iniciativa iniciada en y por el 15M en España. ¿Cómo interpretar este fenómeno? Existen múltiples motivos detrás de las movilizaciones y estos varían de país en país. Igual pasa con los símbolos, los slogans y los grupos particulares a quienes estos van dirigidos. No obstante, detrás de estas variaciones descansan coincidencias de suma importancia.

Para empezar, estamos ante una muestra de acción colectiva. Pero no de acción colectiva sin más: atestiguamos algo que puede calificarse como acción colectiva contenciosa. Sidney Tarrow,(2) profesor de la Universidad de Cornell, ha señalado que la acción colectiva es contenciosa cuando es utilizada por personas que carecen de acceso regular a instituciones representativas, que articulan reivindicaciones nuevas o comúnmente no aceptadas, y que se comportan de manera tal que desafían autoridades, elites y/o terceras partes.

Desde la primavera árabe, pasando por el 15M,(3) hasta el movimiento Occupy que hoy se extiende por el mundo entero, la cuestión pasa por todos estos elementos:

  • un grupo muy heterogéneo de personas “de a pie” se moviliza;
  • buscan nuevos vehículos de expresión al margen –y en oposición- de los estrechos canales de representación existentes;
  • articulan un amplia gama de reivindicaciones en torno a asuntos que ‘están ahí’ pero han sido sistemáticamente ignorados o que, sencillamente, nunca antes se han puesto sobre la mesa;
  • desafían de manera frontal a autoridades o grupos de personas que llevan las riendas y se benefician de ello.

La acción colectiva contenciosa está en la base de todos estos movimientos y, de alguna manera, conecta unos con otros sin respetar ningún tipo de fronteras espacio-temporales. Esto es así ya que, como señala Tarrow, la política contenciosa es el principal recurso, si no el único, que tienen las personas “de a pie” para demostrar su insatisfacción y expresar sus demandas ante grupos que están mucho mejor equipados.

Por otra parte, conectando todos estos movimientos, encontramos una acción colectiva que es, en esencia, disruptiva. Esto es, una acción colectiva que, a través de una descarga imprevista de demandas, materiales y no-materiales, tomando formas no convencionales, acudiendo a medios innovadores y alimentada por una tensión profundamente contenciosa, supone una ruptura brusca con la normalidad. Como lo pone Tarrow, es una acción colectiva que rompe con la rutina y deja a los oponentes, por lo menos en una fase inicial, desorientados. Las manifestaciones en el Parque Bowling en Nueva York, la Plaza Catalunya en Barcelona, las escaleras de la Catedral de St. Paul en Londres o en las inmediaciones del Banco Central Europeo en Frankfurt han sido, indiscutiblemente, disruptivas. No sólo han llamado la atención de los transeúntes, también han dejado desarmadas a las fuerzas del orden y desubicadas a las diferentes caras de la autoridad. Han interrumpido la normalidad del acontecer diario.

No obstante, la acción colectiva contenciosa y disruptiva no está libre de riesgos y desafíos.

Primero, la inestabilidad. En otras palabras, la dificultad de sostener en el tiempo la disrupción. En Barcelona, luego de varias asambleas nocturnas, la estrategia para hacer frente a este riesgo parece haber sido la re-terrirorializacion de la contienda: de la presencia constante en la Plaza Catalunya se pasó a las asambleas barriales periódicas. El movimiento no se desarticuló y, muestra de ello, han sido sus re-apariciones masivas en coyunturas críticas. La marcha emprendida, desde Madrid hasta Bruselas, puede entenderse como otra forma de re-territorialización cuyo objetivo no es sólo recrear y mantener la contienda, sino también internacionalizar la disrupción.

Segundo, el riesgo latente de incurrir en violencia. El 15M, así como los movimientos que incitó alrededor del mundo, se plantearon, desde el comienzo y de manera decidida, la no violencia como principio de acción. Los brazos en alto de los muchos indignados que en la Plaza Catalunya resistían los golpes de los Mossos d’ Esquadra el pasado 27 de mayo son una expresión clara y valiente de un rechazo rotundo a los medios violentos. No obstante, en situaciones particulares, como hemos visto en Londres, Roma y Nueva York, la violencia puede estallar en cualquier momento.

Finalmente, la rutinización y convencionalización. Como forma de normalización (incluso trivialización), estas aparecen cuando la manifestación deja de llamar la atención, no rompe más el ritmo de la cotidianidad y empieza a ser parte de la rutina normal. Como forma de institucionalización, aparecen cuando las formas no convencionales entran en el juego de las formas convencionales, la innovación deja de considerarse indispensable, la espontaneidad deja de ser un valor y reglas más férreas entran en el modus operandi. En casos extremos, la disrupción se diluye en la rutina diaria de las instituciones frente a las que en principio se expresaban las reivindicaciones.

Apoyándose en la creatividad y la imaginación, a través de estrategias de re-territorialización locales e internacionales y, por encima de todo, sirviendo de repertorio de acción recreable, el movimiento que empezó en la primavera de 2010 ha logrado enfrentar, exitosamente, los vicios de la inestabilidad, la violencia, la rutinización y la convencionalización.

La política contenciosa puede ser aprendida; una vez sus formas son visibles y se muestran viables, se difunden con rapidez y devienen en repertorios de acción modulares. Tilly(4) nos recordó que, en contra de la evidencia presentada por algunos teóricos, las formas de disputa son para muchas personas, en sí mismas, incentivos colectivos para la manifestación y contienda colectiva. Los acontecimientos del mundo Árabe y de España constituyen así repertorios de acción colectiva contenciosa de los que, sin diluir singularidades, otras colectividades pueden valerse y, de hecho, se han valido. La acampada masiva y permanente en espacios públicos y su uso como práctica de reflexión y existencia colectiva, es un ejemplo claro de ello. Lo que el mundo ha visto este año, lo que muchos indignados silenciosos pudieron aprender en sus fueros privados, supone un cambio fundamental en las oportunidades políticas y en las restricciones que alientan/inhiben la acción colectiva contenciosa. Como anota Tarrow, estos cambios constituyen los incentivos más importantes para que nuevas fases de contienda política estallen.

Hemos visto que podemos salir a la calle y encontrar que otros se sienten como nosotros; que nuestras angustias y problemas no son exclusivamente nuestros y que, por lo tanto, no exigen respuestas individuales. Este es el primer paso para proceder colectivamente, afrontar los problemas conjuntamente y actuar contenciosamente por la constitución de nuevos modos de existencia y nuevas subjetividades.

Combatiendo vicios, creando y recreando repertorios, quizá podremos pensar en una sociedad global en movimiento, es decir, un movimiento social de escala global. Podremos poner, a escala planetaria, los diferentes poderes en movimiento.

(1) ‘Occupy’ anti-capitalism protests spread around the world” [en línea] http://www.guardian.co.uk/world/2011/oct/16/occupy-protests-europe-london-assange?newsfeed=true

(2) La presente lectura está basada en la tercera edición, de 2011, del libro de Sidney Tarrow Power in Movement. Social Movements and Contentious Politics. (Cambridge: Cambridge University Press)

(3) Ver nota mía al respecto en  https://mundoroto.wordpress.com/2011/07/27/%C2%BFresistencia-politica/

(4) Ver el libro de Charles Tilly Identities, Boundaries and Social Ties de 2005 (Boulder: Paradigm Publishers)

 

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Brasil más allá de Lula, Dilma y el PT


BRASIL más allá de Lula, Dilma y el PT

Por: Juan Masullo J.(*)

El futuro de Brasil no sólo se debate en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en la OMC y en el gobierno nacional. Se juega también en procesos emancipatorios que en el día a día entran en tensión con el Estado, los partidos políticos y los sindicatos. Brasil no es sólo el de Lula, Dilma y el PT. Un marco de análisis más amplio y sensible, para combatir la despolitización de la activación social crítica que ha puesto a temblar al grande del Sur, es necesario y urgente.

Como con “la Cuba después de Fidel” y “la Venezuela después Chávez”, analistas y medios se preguntan por “el Brasil después de Lula”. Resultado normal de la personificación de la política. Fenómeno natural cuando se trata de líderes políticos en quienes recae el acontecer de un sin número de transformaciones y procesos sociopolíticos. Cuando esta figura, por las razones que sea deja el poder, se abre un periodo de incómoda incertidumbre. Durante los más de 6 meses del mandato de Dilma, esta incertidumbre ha alimentado una explosión de análisis, unos más optimistas, otros menos, que se preguntan: ¿Qué será de Brasil en la era post-Lula?

La pregunta es relevante y merece respuestas igualmente relevantes. No obstante, una reformulación parece ser necesaria. La forma en que nos hacemos las preguntas condiciona nuestras respuestas. Plantear la pregunta en términos Lula-Dilma nos ubica en el plano de la macro-política; es decir, de los grandes procesos que tienen lugar en el nivel del gobierno, los partidos políticos, las elecciones, las relaciones entre Estados. Este plano, aunque clave, no resulta suficiente para entender el Brasil de hoy, ni mucho menos, las transformaciones que tuvieron lugar en los últimos años. Acá no se proporcionan respuestas; como primer paso para alcanzarlas, se cuestionan preguntas y se proponen otros marcos de análisis.

Veamos la lógica general detrás de esta idea. Mucho antes de la victoria de Lula y del PT, acontecimiento clave para entender el presente del país, Brasil venía experimentando, desde inicios de los años 80, una activación de fuerzas sociales críticas de suma importancia. En este proceso, sectores muy diversos, tales como partidos políticos de la izquierda tradicional, nuevos liderazgos como el PT, sectores marginados en ese entonces como las mujeres, los afro-descendientes y el LGBT, se erigieron bajo las banderas de la democratización y la conquista de los derechos colectivos.

Entrada la década de los noventa, mientras en diferentes rincones del mundo la activación de fuerzas sociales críticas resonaba (la insurrección zapatista en 1994, las huelgas masivas en el invierno de 1995 en el país galo, el saboteo a la reunión de la OMC en Seattle en 1999, las protestas contra la reunión del G8 en Génova en 2001), el proceso en Brasil tomaba otro rumbo: la despolitización. La confluencia de reformas democráticas con la implementación del modelo neoliberal, aquella que Dagnino denominó “confluencia perversa”, produjo un paulatina despolitización de los procesos micro-políticos que se venía gestando y evidenciado en la década anterior. Este proceso, con algunas excepciones como la del MST, devino en una “ONGización” y/o burocratización de las luchas y movimientos sociales y, en general, de los múltiples procesos organizativos que, desde lógicas y formas diferentes, agitaban el clima sociopolítico en Brasil. No obstante, esto no ocurrió libre de fricción y resistencia. Sucesos producto de esta tensión, como la instauración del Foro Social Mundial en Portoalegre en 2001, sirvieron de plataforma colectiva y social para el asenso de Lula y así, para renovación de la esperanza.

Preguntas planteadas en términos únicamente macro-políticos corren el riesgo de ignorar este ambiente de agitación y tensión social más amplio, adelgazando el espacio de “lo político”. En el amplio, fragmentado y algo amorfo espacio de “lo político”, Lula y el PT son tan sólo la punta de un gran iceberg. Preguntas así planteadas, de manera deliberada o no, pueden jugar al servicio de la despolitización. Una despolitización que opera a través de una reducción de “lo político” al juego de “la política y las políticas”. Si entendemos “lo político” como el espacio de la constitución de lo social, de la forma de sociedad, de las prácticas sociales; reducirlo a las elecciones, los partidos políticos, a lo que hacen los gobiernos, a las organizaciones compuestas por Estados, etc., estamos ante un proceso de despolitización.Vistas así las cosas, Lula aparece como un segmento de un movimiento más amplio del cual no es portavoz, ni nunca parece haber pretendido serlo. De hecho, un movimiento con el que, en muchas ocasiones y de diferentes maneras, entró en tensión. El Brasil de hoy es, en grado considerable, resultado precisamente de esta tensión. Tensión que no hubiese tenido lugar sin aquellos nuevos modos sociales de ser, nuevos modos colectivos de existir, nuevos modos de subjetivación, nuevas formas de resistencia que empezaron a tener lugar, décadas atrás, en el nivel micro-político. El Brasil que frente a nosotros tenemos es, en parte, el resultado de una tensión social productiva posibilitada por una decidida búsqueda de territorios de existencia originales y singulares. En este complejo ajedrez, Lula y el PT, y ahora Dilma, son sin duda movidas estratégicas, pero de ninguna manera, la partida completa.

El rol fundamental que en este proceso de transformación experimentado por Brasil juegan actores como el MST o las asociaciones que dieron vida al presupuesto compartido de Portoalegre, y otras menos visibles como las colectividades barriales que buscan alterar la cotidianidad violenta en las principales favelas de Rio de Janeiro, hace que la pregunta por el futuro del país puesta en clave Lula-Dilma sea, aunque relevante, insuficiente. Como en casi ningún otro país de la región, el terreno de la micro-política, aquel del deseo, de la subjetividad, de la relación con los otros, ha despertado una tensión social que, desde hace décadas, sigue un curso que parece irreversible.

La pregunta por el nivel micro-político, que acá tan solo se plantea, abre una dimensión nueva de análisis, más compleja e integral. Abre un inmenso escenario de posibilidades, un marco para (re)pensar aquello que ya es real pero que ha sido activamente producido como no existente. Lo importante es entender, y reconocer, que el Brasil de hoy, con sus conquistas y sus problemas, es el resultado de una tensión portadora de procesos de transformación social y subjetiva. Así, visto con este lente, en el complejo juego democrático de la era post-dictadura, Lula y el PT representan un segmento que, por visible y estratégico, no puede confundirse con la totalidad. En curso hay luchas sociales que no se preocuparon por la totalidad (por el Estado, por el partido, por el sindicato) y sin las que, en Brasil, resultaría imposible entender el fenómeno Lula y PT. Para pensar el Brasil de hoy y proyectar el de mañana, los procesos micro-políticos, portadores de prácticas emancipadores que se construyen en el día a día, así como las formas en que estos se relacionan con las estructuras macro-políticas y las tensiones que ahí se generan, han de ser variables en cualquier análisis.

No se trata, valga la aclaración, de dos mundos diferentes e independientes. El objetivo es, claro está, la articulación de los niveles micro y macro de “lo político”. Una articulación libre de cooptación, que no proceda ni por yuxtaposición ni por integración. Es decir, condicionamientos recíprocos, tensión productiva. Un análisis que permita disociar ambos niveles para estudiarlos en su especificidad y que esté en la capacidad de captar sus modos de articulación es urgente. El nivel en el que la cuestión se está planteado, y mediatizando, carga consigo el riesgo de subsumir, y en el peor de los casos silenciar y despolitizar, la efervescencia de ideas y deseos de cambio que años atrás han empezado a esbozar un nuevo Brasil.

Acá no hay respuestas. No hay hipótesis. Hay una invitación a mirar las cosas desde otro ángulo.

(*) El autor agradece a Santiago Millán por sus comentarios a una versión preliminar de esta reflexión y por las muchas discusiones que dieron vida a esta reflexión.

(Imágenes tomada de brasil.mywebs.com, infosurhoy.com y ojornalweb.com respectivamente)

 

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